domingo, 21 de septiembre de 2014

Entre el orgullo y el destino, todos los sentimientos se quedaron fuera del papel.

Y se cruzaron sus caminos, como se juntan dos gotas en el cristal del coche mientras llueve. Se cruzaron sus vidas, relatado por ellos este cruce como una casualidad, cuando en realidad los dos sabían que no había sido sin querer, que la vida quería haberlos juntado, que la vida quería que ambos se encontrasen tiempo después sin verse. La vida quería que ninguno de los dos se hubiese quedado con las ganas y quería que arriesgasen. 
Pero ambos iban con el orgullo, con los sentimientos fuera del papel, simplemente querían hacer saber que fue un amor de verano, de esos de una noche y nada más, aunque ninguno de los dos podía olvidarse de ello, del otro, de las cosquillas de sus labios en el cuello, y de la sonrisa que le salían a ambos cuando se miraban, y no había nada más. 
Y ese mismo orgullo, que intentó quitar los sentimientos a todo esto, provocó que estos no se alejasen, sino que se estropeasen, que la confianza se pierda en todos ellos. Porque por culpa de este orgullo, dejaron de confiar, dejaron que éste no dejará que el destino actuará. 
Pero ambos, junto a este orgullo, confían en el otro destino. Porque en este destino, si tienen que volver a estar juntos, volverán. De momento, este orgullo pasa factura, pero seguirán confiando en ese no sé que, que un año después volvió a juntarles y que puede que vuelva a juntarles una vez más. 

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