sábado, 22 de diciembre de 2012

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Y ahí estábamos los dos. En una de las azoteas más altas de Madrid un 21 de diciembre por la noche. Sentados en un pequeño escalón, y él no paraba de temblar. Sus manos se entrelazaban con las mías, las suyas, tan frías como el hielo, y mis manos ardiendo, como de costumbre. Mi pierna sobre sus piernas, consiguiendo que poco a poco dejara de temblar, hasta que lo conseguí. Su hombro se pegaba cada vez más a mí, y lentamente mi cabeza acabó apoyada en su hombro. Él, como siempre, me hacía esas preguntas a las que nadie tiene respuesta, bueno sí, solo él. Y ahí esta él, sonríendome, a menos de dos centímetros su nariz de la mía, y esos ojos que están fijos en los míos. Ese momento es ... ¿cómo decirlo? ¿Perfecto? Ese momento es nuestro, solo nuestro.

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